Donde un Grandioso Pasado Marinero convive con una Relajada Modernidad
A veces el minúsculo Portugal parece opacado por el brillo y la grandiosidad de su vecina España y muchos turistas de visita por la península ibérica lo pasan por alto, a pesar de que este pequeño país posee tanta gloria e historia como cualquiera de los gigantes europeos. Su épico pasado, tanto de conquistador como de conquistado, se vislumbra en la compleja identidad nacional, donde convive una férrea lealtad por la lengua y las costumbres portuguesas con las ansias de modernidad. En los desolados acantilados azotados por el viento de Sagres, alguna vez considerado el fin del mundo por exploradores como Vasco de Gama, todavía se respira su espíritu y rol como punto de partida de viajes marineros que cambiarían el curso de la historia. Su geografía está plagada de huellas que nos recuerdan el esplendor de antaño: ruinas romanas, ciudades medievales y antiguos monasterios diseminados por todo el país. Sin embargo, el encanto de Portugal reside en la particular manera en que ha acogido el sentido de la modernidad, resguardando por completo su pasado. Lisboa es una ciudad definitivamente cosmopolita, en contraste con el Algarve, que se ha convertido en un vibrante destino para los mochileros del mundo entero, mientras que la sutil sofisticación de Porto podría tentarnos de hacer comparaciones con París o Buenos Aires. Su ubicación geográfica no sólo le regala una de las costas más bellas del Atlántico, sino también una deliciosa gastronomía basada en los pescados y los mariscos. A estas delicias del mar se suma la bondad del vino y las aceitunas, siempre presentes en la mesa portuguesa, provenientes de los encantadores viñedos y olivares de la región central y septentrional. Mientras que modernidad y tradición se llevan muy mal en otras partes de Europa, Portugal ha logrado una alquimia única entre lo nuevo y lo viejo, en uno de los más pintorescos y generosos paisajes del continente.
