Visitarla por su historia y quedarse por su modernidad
Es difícil decir qué es exactamente lo que hace que Londres sea una ciudad tan mágica. Quizás sea este constante ir y venir en búsqueda de un cierto equilibrio que es único en el mundo. Los edificios centenarios y más emblemáticos como la Torre de Londres y el Big Ben tienen su puesto de honor en las postales, pero pueden llegar a despistar y ocultar la verdadera vitalidad de la ciudad que hace que cada año se levanten impresionantes rascacielos. Londres es el hogar de la famosa familia real, pero también es una ciudad de inmigrantes: en el censo de 2001 había casi 2,2 millones de personas nacidas en distintas partes del mundo que consideraban Londres su hogar. Esta dualidad se palpa día a día en la capital británica, donde conviven la reina Isabel II y Kate Moss; el traje de tweed y las Dr. Martens, y la tradicional cuajada de limón y los kebabs. La vida nocturna londinense y su renombrados clubs se llenan de jóvenes juerguistas que al volver a casa tras una noche de marcha van dando tumbos por las pequeñas callejuelas que rápidamente nos transportan a los inicios de la ciudad. Pero es el mundo del arte londinense y su inequívoca pasión por lo urbano el que está haciendo decantar la balanza a favor de la modernidad. Instituciones de la talla de la Tate Modern y el National Theater están sacudiendo el mundo de las artes, con provocación y muchas veces incluso con tintes políticos, y dejan en ridículo los panoramas culturales estancados y mucho más cautos de otros rincones del mundo. Años y años de convivencia entre ricos y pobres, de malestares y rebeliones en la época de la posguerra y de un clima gris y deprimente que ya se ha hecho famoso han dejado una particular cicatriz, que ha influenciado su cultura. Aunque Londres siempre tendrá un grandioso pasado, la huella que ya está dejando en el presente y la que dejará en el futuro es lo que hace que realmente valga la pena visitarla.


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