En la capital de la provincia del sur Limburgo, la vida es aparentemente mejor que en otros sitios según los habitantes de la ciudad (y no solo según ellos). Ese es también el eslogan publicitario de la ciudad: “Maastricht, dat gun je jezelf” (Maastricht, hay que darse el gusto).
El lugar alegre en la falda del monte St. Pietersberg tiene casi una cara borgoñona y sus más de 120.000 habitantes, en su mayoría católicos, son distintos del resto de la gente de los Países Bajos. Se dará cuenta simplemente por el idioma, ya que aquí se habla un dialecto propio salpicado de palabras alemanas pero que no se entiende muy bien ni para un alemán-hablante.
La antigua ciudad fortaleza es testigo de una historia movida: ya en el 50 antes de Cristo se asentaron aqui los comerciantes romanos al lado del río que da nombre a la ciudad. Aproximadamente en el 380 después de Cristo, el obispo Servatius trasladó su sede de Tongeren a Maastricht. A lo largo de la historia la perla del sur perteneció a los duqes de Brabantia, la casa de Orange-Nassau, españoles, franceses y belgas.
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