Una ciudad diversa con mucho más que un toque europeo
La ciudad más sofisticada de Canadá tiene dos idiomas y dos vidas. De día, los tradicionales carruajes de caballos pasean tranquilamente por las calles adoquinadas del viejo Montreal, y de noche, la música de los DJ no deja de retumbar en los clubs de moda del Plateau. Es una ciudad que sabe pasarlo bien y que se acomoda a las distintas estaciones: en verano hay una red de rutas para bicicleta de más de 300 kilómetros que conecta el Mont Royal con el centro de la ciudad; y en invierno, los locales no dudan en calzarse los patines y ponerse a jugar a hockey al aire libre por toda la ciudad. Pasea por las calles adoquinadas del centro histórico en la plaza Jacques-Cartier y visita el Museo de Bellas Artes o el Centro Canadiense de Arquitectura (cuyo jardín de esculturas está maravillosamente iluminado por la noche). Pero también dedica tiempo a ver Montreal como un local: sentado en un café, un bar o una brasserie y dejando pasar las horas, sobre todo en el Plateau, un barrio situado a un kilómetro y medio al norte del centro de la ciudad. En cuanto a opciones para alojarse hay muchas y variadas: algunos edificios centenarios del renacimiento francés en el centro han sido convertidos en hoteles, y en el Quartier Latin, una barrio al este al que se puede llegar a pie, hay muchos Bread&Breakfast. Si dispones de un día o dos para salir de la ciudad dirígete hacia el norte, hacia las montañas Laurentian, donde en invierno podrás esquiar y en verano andar por sus senderos. Todo es muy quebequés. Un poco de Francia y un poco de Canadá sin el jet lag.


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