Ataviada con una capa de arquitectura europea, que aún no puede ocultar su corazón ruso
La más gloriosa de las ciudades de Rusia ha salido de su capullo de Leningrado. Y es que a San Petersburgo nunca le han gustado los límites. Fue construida sobre un pantano hace tres siglos por Pedro el Grande, quien para europeizar a su "atrasada nación asiática" tomó prestados estilos arquitectónicos de Venecia (los canales) y de París (los palacios). Es la escenografía perfecta para románticos paseos por la célebre avenida Nevsky Prospekt y para los personajes de Dostoyevski, quienes vagan por numerosos canales de San Petersburgo en sus novelas. Comienza con el Palacio de Invierno, grandiosa edificación de color verde y blanco que atesora una de las mayores colecciones de arte del mundo, en el complejo del Hermitage. Dirígete rumbo sur hasta la Catedral de San Isaac para contemplar la ciudad desde lo alto y cruza el río hasta el imponente Castillo de Pedro y Pablo. Luego de visitar algunos de los fantásticos museos de la ciudad, como el Museo del Bloqueo de Leningrado (que documenta el sitio nazi durante la Segunda Guerra Mundial), el Museo-Apartamento de Alexander Pushkin (donde el genial poeta falleció luego de un duelo en 1837) y el Museo de la Erótica (que te mostrará el falo embalsamado del mismísimo Rasputín), emprende un crucero por los canales o un día de viaje hasta Peterhof, el palacio de los zares al estilo Versalles. Los "mini hoteles" han ocupado el lugar de los viejos hoteles comunistas pero, a no ser que te alojes en una residencia universitaria, prepárate para pagar al menos el equivalente a 100 dólares por noche. Pero guarda algunos rublos para asistir a la ópera del Teatro Marinsky, beber unas copas en algún bar al ritmo de los mejores DJ's locales y disfrutar de las más variadas y deliciosas propuestas gastronómicas de Rusia.


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